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El holandés errante

de Richard Wagner

Fecha emisión:

23 Diciembre 2016, 20:00

Información

El 23 de diciembre, emitimos gratuitamente esta espectacular producción

El holandés errante es mi segundo Wagner. El primero, en 2011, fue un Wagner de madurez, Tristán e Isolda. Esta vez, por el contrario, es un Wagner joven, de apenas treinta años. Pero es necesario no olvidar que El holandés errante (1843) se cuenta ya entre sus obras de plenitud y suele calificarse como una de sus primeras obras maestras. En cualquier caso, para un director de escena, Wagner es siempre Wagner, o sea, un creador polémico, un ideólogo radical, un revolucionario de la estética.

Quiere esto decir que, a la hora de forzar una revisión contemporánea de una ópera como El holandés errante, es imprescindible no dejarse llevar por la primera intuición creativa y esforzarse en descubrir, antes que nada, su pulsión profunda, su latido conceptual. Dicho de otra manera, es necesario desviarse lo menos posible de las preguntas fundamentales que lo motivaron y que se refieren siempre al fondo antes que a la forma. Es por eso por lo que, desde el principio, me parece importante dejar constancia de lo lejos que el mundo contemporáneo está del sistema de creencias, profundamente románticas, sobre las que Wagner concibió esta pieza.

Para Wagner, amor, muerte, eternidad, maldición, pureza, pasión, terror, eran conceptos que impulsaban la búsqueda del otro lado de la razón. El mismo mar era una metáfora poderosa del último límite impuesto al ser humano. El mar era lo infinito, lo trascendente, una mirada metafísica sobre la muerte. En plena tormenta, cuando el cielo y el mar se funden y confunden en la línea del horizonte con la tierra, se abría la posibilidad de que «lo otro» interfiriera con «lo real». Era así como surgía la posibilidad del encuentro entre todos los personajes –reales y fantasmagóricos– de esta ópera.

Amor, muerte, eternidad, maldición, pureza, pasión, terror... son todos ellos conceptos y emociones que hoy han cambiado de textura. Es necesario volver a sopesarlos y hacerlos reales, posibles (como, en tiempos de Wagner, era en efecto una posibilidad nada infrecuente la tragedia de un naufragio en medio de una tempestad). Y es necesario, también, preservar el sentimiento romántico de lo absoluto tal como Wagner lo percibe en el mar. En todo caso, partimos de la certeza de que, para el sistema de creencias del romanticismo, la ópera de Wagner estaba tejida, a la vez, con hilos de fantasía y realidad que la hacían absolutamente verosímil.

A la hora de abordar el trabajo de creación de la puesta en escena de El holandés errante las preguntas que, con el escenógrafo y el diseñador de vestuario, nos formulamos mil veces fueron: ¿Podría pasar hoy una historia así? ¿Dónde? ¿Entre qué gentes? ¿Puede creer alguien todavía en esta emanación de los infiernos? ¿En qué lugar un padre es capaz de vender a su hija por dinero? ¿En qué lugar la vida tiene tan poco valor que la muerte, a su lado, no es necesariamente una mala opción?

En el rastreo de respuestas posibles apareció, de pronto, el puerto de Chittagong, uno de los lugares más contaminados del mundo, conocido como «el Infierno en la Tierra» a causa del formidable cementerio naval donde grandes barcos mercantes son desguazados en parajes prácticamente desérticos frente a la inmensidad del horizonte.

Chittagong fue, en su momento, un punto de partida, una primera respuesta positiva a la principal pregunta que nos formulamos: sí, existe, en efecto, un lugar donde esta historia es posible. Desde ahí emprendimos el largo viaje estético y conceptual hacia nuestra versión en la que, sobre todo, lo que hemos intentado es preservar los valores originales de la leyenda recreada por Wagner. Por eso proponemos un holandés errante en el que el mar, metáfora central, se ha desecado.

El holandés errante es ahora este barco embarrancado en un desierto de surrealismo industrial. Un grupo de hombres y mujeres, casi tribu ancestral, a mitad de camino entre piratas y esclavos del despiece de los buques mercantes, ha empezado ya a desguazarlo. Lo que emerge de las entrañas del barco, su tripulación, su capitán, son ahora los mismos fantasmas de los operarios que lo destruyen. Son sus deseos, sus ambiciones, sus ansias de poder, de riqueza, de libertad, sus mismos miedos. Es una emanación de los residuos contaminantes de las aspiraciones de una sociedad en los confines del infierno.

Los fantasmas del holandés errante rezuman de sus sentinas y lo impregnan todo. Son el alma de la sociedad capitalista embarrancada en los escollos del siglo XXI. Es «lo otro» de nuestra sociedad, una mirada al otro lado del espejo de Occidente. Un lugar donde, mientras el materialismo lo desguaza todo, aún queda alguien dispuesto a soñar en alcanzar un mundo mejor. El último vestigio de un idealismo salvador. Es el sueño en el que Senta y el holandés errante aún pueden seguir elevándose indefinidamente hacia lo alto.

Àlex Ollé (La Fura dels Baus)

Ficha

EL HOLANDÉS ERRANTE
Der fliegende Holländer

Richard Wagner (1813-1883)
Romantische Oper en tres actos

Música y libreto por Richard Wagner, basado en la obra
Aus den Memorien des Herren Schnabelewopski de Heinrich Heine

Producción de la Opéra national de Lyon, en coproducción con la Bergen Nasjonale Opera, Opera Australia y la Opéra de Lille

Director musical Pablo Heras-Casado

Director de escena Àlex Ollé (La Fura dels Baus)

Escenógrafo Alfons Flores

Figurinista Josep Abril

Iluminador Urs Schönebaum

Video Franc Andreu

Director del coro Andrés Máspero

Ayudante del director musical Tilman Wildt

Ayudantes del director de escena Sandra Pocceschi y Tine Buyse

Colaborador de movimiento Ferran Carvajal

Supervisora de dicción Rochsane Taghikhani

Daland Kwangchul Youn

Senta Ingela Brimberg

Erik Nikolai Schukoff

Mary Kai Rüütel

El timonel de Daland Benjamin Bruns

El holandés Samuel Youn

Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real